Les comparto un fragmento del Material extraído de:
“Evaluar para conocer, examinar para
excluir”. Edit. Morata, Madrid 2001.
Por Juan Manuel ÁLVAREZ MÉNDEZ
En términos precisos, debe entenderse que evaluar con
intención formativa no es igual a medir ni a calificar, ni tan siquiera a
corregir. Evaluar tampoco es clasificar ni es examinar ni aplicar tests.
Paradójicamente, la evaluación tiene que ver con actividades
de calificar, medir, corregir, clasificar, certificar, examinar, pasar test,
pero no se confunde con ellas. Comparten un campo semántico, pero se
diferencian por los recursos que utilizan y los usos y fines a los que sirven.
Son actividades que desempeñan un papel funcional e instrumental. De estas
actividades artificiales no se aprende. Respecto a ellas, la evaluación las trasciende.
Justo donde ellas no alcanzan, empieza la evaluación educativa. Para que ella
se dé, es necesario la presencia de sujetos.
En el ámbito educativo debe entenderse la evaluación como
actividad crítica de aprendizaje, porque se asume que la evaluación es
aprendizaje en el sentido que por ella adquirimos conocimiento (ALVAREZ MÉNDEZ,
1993ª). El profesor aprende para conocer y para mejorar la práctica docente en
su complejidad, y para colaborar en el aprendizaje del alumno conociendo las
dificultades que tiene que superar, el modo de resolverlas y las estrategias
que pone en funcionamiento. El alumno aprende de ya partir de la propia evaluación
y de la corrección, de la información contrastada que le ofrece el profesor,
que será siempre crítica y argumentada, pero nunca descalificadora ni
penalizadora.
Necesitamos aprender de y con la evaluación. La evaluación
actúa entonces al servicio del conocimiento y del aprendizaje, y al servicio de
los intereses formativos a los que esencialmente debe servir. Aprendemos de la evaluación
cuando la convertimos en actividad de conocimiento, y en acto de aprendizaje el
momento de la corrección…



